“Estudiantes” No “Clientes”:  Un Llamado Para Cambiar Nuestro Lenguaje

Hay un tema de gran importancia que actualmente se ha ignorado en la comunidad de la educación superior. El tema se refiere a la etiqueta “clientes”, un término que hemos tomado prestado del mundo corporativo y que se le ha puesto como etiqueta a los estudiantes que solicitan a la universidad, a sus familias e incluso a quienes ya están matriculados. Sin protesta alguna, nuestra comunidad se ha acostumbrado rápidamente a usar esta palabra en lugar de “estudiantes”, donde el lenguaje del consumismo se ha apoderado del ámbito educativo. Cuando nos enfrentamos con esta polémica a favor de un cambio relativamente nuevo en el léxico, por muy bien intencionado que este parezca, deberíamos considerarlo como un punto crítico de discusión. El término “cliente” invalida la dignidad y la verdadera esencia de los roles que cada persona tiene en la comunidad educativa: educador, consultor, administrador, padres y estudiantes por igual. Es menester, para la integridad de toda la comunidad, que no aceptemos pasivamente el uso de la palabra “cliente”, en su lugar debemos oponernos activamente a este mal uso del lenguaje y restaurar las palabras “estudiante” y “familia” en nuestro vocabulario.

El uso de la palabra “cliente” al referirnos a los estudiantes y sus familias entró en boga durante la década de 1990. La razón general era que, dado a que los estudiantes y sus familias están pagando por la educación, directa o indirectamente a través de impuestos, o ambos, se convierten en clientes; Por lo tanto, coloca a los educadores y a los administradores como proveedores. En este marco, la educación se convierte en una simple ecuación de mercadeo. Se reproduce exactamente un modelo de negocio en el que la satisfacción del comprador ó “cliente” es la clave. Quienes están a favor de este modelo consumista argumentan que es exactamente la forma como debe ser, que la educación requiere cualquier forma de pago o de colegiatura; pues consideran que los estudiantes están adquiriendo conocimientos, habilidades y finalmente, grados u otras acreditaciones por parte de los proveedores, es decir, de los educadores y las instituciones con las cuales están afiliados; Por lo tanto, el éxito de esta transacción se puede determinar evaluando la satisfacción del adquirente, es decir, comprador o cliente. A fin de cuentas, la pregunta es simple: ¿Creemos nosotros que la gratificación subjetiva según lo reportado por los estudiantes, es el marcador por el cual debemos evaluar a los educadores, a las instituciones educativas y a los encargados de dirigirlas? ¿O es que confiamos en que hay principios más altos que guían la educación, que decir, una calificación de “cinco estrellas” en la evaluación de un instructor de estudiantes de primer año de la universidad?

La educación constituida como un negocio y por ende su vocabulario, es refutada por el conocimiento de los educadores milenarios que la preceden. Uno de esos pedagogos fue John Dewey, quien escribió en su libro Experiencia y Educación (1938):

No hay, creo, ningún punto en la filosofía de la educación progresiva que sea más sólido que su énfasis sobre la importancia de la participación del alumno en la formación de su propósitos los cuales apuntan a sus actividades en el proceso de aprendizaje, así como no hay falla mas grande en la educación tradicional que su carencia para garantizar la cooperación activa del alumno en la construcción de los propósitos que involucran sus estudios.

La palabra “cliente” no transmite ni expresa la humanidad, ni el esfuerzo, o el crecimiento que define a los estudiantes—el punto fuerte de la concepción intelectual de Dewey sobre la educación progresiva. A diferencia de un “cliente”, un “estudiante” es responsable de ganarse su educación. Esta verdad se aplica no sólo en el aula, sino también cuando los estudiantes y los solicitantes de la universidad buscan orientación y tutoría de consejeros privados, asesores, tutores y consultores educativos. Estos profesionales facilitan el aprendizaje ayudando a los estudiantes a perfeccionar las habilidades, ideas y estrategias necesarias para generar solicitudes universitarias mas efectivas y mejorar el desempeño académico, mas no proporcionan un servicio cuantificable o un buen servicio al “cliente”, como sería el entregar a los estudiantes un ensayo pre-escrito o plagiado para la solicitud de la universidad o negociar con el profesor de biología de los estudiantes de secundaria para obtener una nota más alta.

Los padres y tutores desempeñan un papel decisivo en la educación de los estudiantes. Con frecuencia son ellos quienes costean la matrícula y otros gastos universitarios, los cuales son, indudablemente, sumas importantes; La educación superior puede ser un gasto considerable y muy difícil para el presupuesto familiar. Sin embargo, en la mayoría de los casos el aporte familiar va más allá de las finanzas. Los padres y tutores son quienes inculcan los valores esenciales que permiten a los estudiantes prosperar académicamente: motivación, dedicación, autoestima, curiosidad intelectual, creatividad y perseverancia. Muchísimas veces son ellos quienes dedican su tiempo, sus aptitudes y recursos para apoyar a sus hijos en el desarrollo académico entre otros talentos y les dan a conocer  las oportunidades educativas que existen mas allá de un salón de clases. Poner de forma conjunta a las familias de los estudiantes bajo el escudo de “clientes” es ignorar toda la devoción, construcción de carácter y aprendizaje en el hogar—lo que ha capacitado a los chicos como aprendices y pensadores. Poner la etiqueta de “clientes” a las familias transforma a los integrantes de la misma en pagadores únicamente—emisores de cheques—en la ecuación educativa. Esto menosprecia la riqueza que se encuentra en el cuidado, los consejos y la formación que se le ha otorgado al estudiante, parte de la familia. Si bien los gastos financieros de la educación son muy reales, los medios no-financieros como el apoyo familiar para los estudiantes nunca debería disminuir, y mucho menos ser ignorado. Los encargados de cuidar a los estudiantes pueden llegar a ser, y a menudo son la base sobre la cual yacen los logros académicos de los estudiantes.

Referirse a los estudiantes como “clientes” degrada no sólo a los estudiantes y sus familias, sino también a los educadores. El uso del término “clientes” en referencia a los estudiantes implica que los educadores son meramente “proveedores de servicios”, lo que oscurece la calidad y el valor de la educación que imparten a los estudiantes. Si los médicos fueran obligados a referirse a sus pacientes como “clientes”, tanto los médicos como los pacientes se sentirían incomprendidos y degradados—y con razón. Al igual que los médicos seguramente no aceptarían esta alteración del lenguaje tradicional dentro de su ocupación, los educadores deben reflexionar sobre el detrimento del término “cliente” en lugar de “estudiante” en su ámbito profesional. La palabra “cliente” no es clara por lo tanto causa confusión en la relación educador-alumno, porque pasa por alto el respeto mutuo, el esfuerzo y la colaboración que define la asociación entre los dos.

La educación no es un simple intercambio de usuarios; Los educadores no ofrecen un buen servicio o un cuantificable específico a cambio de dinero, ni tampoco se puede comprar una verdadera educación. Los educadores comparten sabiduría, conocimiento y orientación,  son las herramientas esenciales que los estudiantes usan para desarrollar habilidades, crecer y explorar mientras siguen el camino de su educación. El uso de los términos “estudiantes” y “familias” en lugar de “clientes” transmite el debido respeto y aprecio a todas las partes involucradas en el contexto educativo. Por lo tanto, es esencial que devolvamos esta terminología de sentido común a todo el campo de la educación. El uso de un lenguaje apropiado impulsará un sentido más profundo de responsabilidad y compromiso en los estudiantes con respecto a su propia educación. Además, este cambio aparentemente semántico hará que el enfoque de los educadores sea el compromiso con el liderazgo, la orientación y la instrucción en lugar de distorsionarlos como proveedores en una industria de servicios—una realidad que la educación no es y que nunca debería llegar a ser.

Cualquier institución educativa afluente basa su éxito en el respeto por sus educadores, administradores, estudiantes y empleados, como también en la historia y cultura de la institución y la comunidad a la que sirve. Para todos los miembros de la comunidad educativa es esencial referirse a los estudiantes y sus familias como lo que realmente son, de esta forma se cultivan relaciones mutuas  y de respeto, lo que conlleva a que las experiencias educativas lleguen a alcanzar el éxito.

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